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El pecado de los eslóganes

Pablo Pérez | Montevideo

@| El término “facho” se utiliza como forma ofensiva para descalificar o desacreditar a la persona o institución a la cual se le adjudica el adjetivo, sin mejores argumentos ni mayores razonamientos. La palabra deriva de “fascismo”, el movimiento ideológico y político creado, luego de culminada la Gran Guerra, por Benito Mussolini (muchos de los que reconocen “fachos” a kilómetros de distancia no tienen idea de quién fue este señor). A su vez la palabra “fascismo” proviene del latín “fascis”, que significa “haz” y refiere a un tipo de hacha fabricada con un manojo (haz) de varas de madera atadas en forma cilíndrica. Este era el emblema del poder militar de los reyes estucos, que luego también adoptarían los monarcas romanos.

En el ranking de quienes son mayoritariamente distinguidos con el epíteto de “facho” se destacan los políticos, los periodistas y los empresarios.

Los primeros por no pensar igual a lo que se considera la verdad única y absoluta; los periodistas por dejar en evidencia los agujeros que existen en un régimen supuestamente a pruebas de balas; y los empresarios por ser agentes del capitalismo (salvo que aporten para la causa). La política del autoritarismo siempre necesitó nutrirse de grupos violentos para lograr imponer sus ¿ideas? a fuerza de golpes y prepotencia. La deplorable lista la componen, entre otros, los Camisas Negras del excéntrico Duce, las hitlerianas Camisas Pardas (eran más baratas que las negras por el excedente que quedó luego del primer conflicto mundial, economía de guerra que le dicen); por estas latitudes prefirieron quitarse la desprestigiada indumentaria y ser simplemente los Descamisados de Perón (aunque en honor a la verdad su violencia no es comparable a la de los anteriores) Más acá en el tiempo tenemos a La Cámpora, que si bien es considerado como grupo político, en realidad son agitadores profesionales.

El Uruguay no se ha caracterizado por respaldar ni mucho menos patrocinar este tipo de ideologías y procedimientos políticos. Hemos sido siempre un país políticamente sano y bien intencionado, a excepción del lamentable período de dictadura cívico-militar que muchos hemos padecido. Sin embargo, esto no significa que no existan actitudes fascistas, que no es lo mismo que serlo. Las hay cuando se organiza un “escrache” (más allá que el involucrado tenga responsabilidades sobre un hecho delictuoso); cuando se señala a otro como “facho”; cuando no se ven adversarios políticos sino enemigos; cuando una ex-primera Dama se regocija de que no existan representantes de los partidos tradicionales en la junta departamental de Montevideo (ahora son del partido de la Concertación). Hay actitudes fascistas cuando un gremio confunde prepotencia con movilización; cuando un pequeño grupo, que no representa a nadie, pone en jaque los intereses del país desafiando nada menos que la autoridad del Presidente de todos los uruguayos (y generalmente logra su objetivo); y también hay actitud fascista cuando se practica la soberbia desde el poder político. Las discrepancias, los desacuerdos, los reclamos, las ideas, las opiniones o los puntos de vista, absolutamente todos tienen caminos civilizados, legales, libres y democráticos para recorrerlos. De esto los uruguayos lo sabemos desde siempre y con orgullo (no en todos los países de América Latina pueden decir lo mismo) Sin embargo, en los últimos tiempos algunos han optado por los atajos que generalmente no conducen a buen destino. De esto lamentablemente también conocemos los uruguayos.

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