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Recorte de la información. ¿Y la democracia?

Fernando Queijo | Montevideo

@| \”Cuando estudiamos a todos los teóricos de la democracia, surgidos en su mayoría a partir de la finalización de la Primera Guerra Mundial (Hans Kelsen), y en forma más abundante en la segunda mitad del siglo XX (Joseph Schumpeter, Seymour Lipset, Robert Dahl, Samuel Huntington) encontramos en todos ellos, independientemente de las diferencias, a veces muy sutiles, que no faltan por cierto en sus diversas concepciones algunos fundamentos comunes, que por su importancia representan las cuatro piedras angulares en la conformación e identificación de los regímenes democráticos.

Las elecciones periódicas de los gobernantes, el derecho al sufragio de la totalidad o la casi totalidad de los ciudadanos adultos, la igualdad de derecho de todos los habitantes a ser electos como gobernantes, y el derecho de todos ellos a la información libre e irrestricta son los pilares sobre los que descansa una nación democrática.

Estos principios han sido universalmente refrendados sostenidamente a lo largo de muchos años, ya por Naciones Unidas, ya por la Unión Mundial Interparlamentaria y hasta por las más importantes organizaciones de Derechos Humanos del orbe, puesto que, si analizamos en profundidad, la democracia consiste precisamente en el respeto y salvaguarda de los más sagrados derechos del ser humano: su libertad, su derecho a la autodeterminación y a la felicidad.

Se me forma entonces un nudo en la garganta y nace dentro de mí una repulsa visceral cuando, a través de las noticias, que afortunadamente aún nos siguen llegando día a día, me entero por ejemplo de las limitaciones de información establecidas hace poco por el señor ministro del Interior, o mucho peor aún, cuando surge la novedad de que, por decreto, el Poder Ejecutivo proyecta limitar las informaciones fundamentalmente televisivas, recortando todo o gran parte de lo referente a violencia.

Para ello, se dice, llegarían a establecer la interpretación del término `violencia`, o lo que sería similar, editarían un nuevo diccionario de la lengua española, obra que ya deben llevar bastante avanzada si es que nos atenemos a las interpretaciones recientes de términos como `Tratado`, `jurídico`, `ley` o `voluntad popular`.

Una vez, Voltaire dijo: `Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo`.

Palabras que evidentemente no han hecho mucho eco en las mentes de este grupo que tan a los tumbos está dirigiendo los destinos de nuestro país, como tampoco lo han hecho en las de esos nuevos `amigos` de Argentina y Venezuela, con quienes parecen entenderse de maravillas, y que también emplean todos los medios a su alcance para recortar, censurar o alterar toda información que les resulte incómoda.

La libertad de prensa no es sagrada simplemente porque así lo establezcan la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) o las Naciones Unidas o cualquier otra organización local o universal. Es sagrada por formar parte del espíritu en que se fundamenta la democracia, y su limitación arremete contra ésta.

Por alguna razón, la censura a los medios fue una de las plataformas esgrimidas por el nazismo en la Alemania de Hitler. Por alguna razón la censura a los medios ha sido plataforma de todos los regímenes totalitarios.

Y considérese que, cuando digo libertad de prensa, no digo libertinaje. El propio espíritu democrático que la defiende, simultáneamente la acota a los límites del derecho de los demás. Un derecho siempre respetado por el informante y por el medio de difusión empleado, salvo en muy contados casos, que seguramente recibirán nuestro repudio sin necesidad de que un decreto gubernamental nos mantenga en la ignorancia o en el desconocimiento excusándose en el horario de protección al menor o cualquier otro artilugio imaginable\”.

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