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Su dolor, Sr. Presidente, y mi dolor

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@|El cambio del ADN de la educación llevaba el supuesto de mejorar la educación del sistema formal. Hasta que no se explicitó recientemente por parte de las autoridades lo que -hasta hace días atrás- significaba simplemente un slogan, todo aparecía confuso. En lo personal imaginaba, no exenta de inocencia, que subyacía el concepto de una educación de calidad hacia la que debía encaminarse un proyecto que se anticipaba innovador.

Confieso que mi ingenuidad fue absoluta. Y agrego como docente, que su presentación por parte de las autoridades me devastó. Imaginé que quienes desempeñan las más altas responsabilidades políticas iban a presentar lineamientos generales y que aquellos educadores que también tienen responsabilidad en la conducción de nuestra enseñanza en sus diferentes niveles, marcarían rumbos más concretos y significativos desde un encuadre profesional. Sin embargo, encontré por parte de éstos una reiteración de las propuestas e intenciones provenientes de la clase política. De los primeros así lo esperaba por considerarlo objetivamente razonable, de los segundos no.

El discurso de unos u otros ha sido el mismo, no surgió una mirada profesional que se supone que sabe de lo que se habla y por ello tiene la responsabilidad de dar ideas, propuestas, marcar posibles trayectos que permitan empezar a construir nuevos sentidos y prácticas en el marco de un nuevo andamiaje organizativo. Una distinción que solo surge entre quienes poseen los saberes propios de una profesión y con una trayectoria que se supone es la que los ha situado en donde están.

Sin embargo, su presencia ha sido casi incorpórea por falta de contenido. Nunca encontré tanta banalización con el tema educativo. Nunca imaginé que el análisis crítico, la innovación, los saberes curriculares, organizacionales y de gestión, los hayan perdido por el camino en sus propios itinerarios profesionales. Aquí salta con toda fuerza y claridad la incompetencia de quienes han estado y quienes actualmente están en lugares de conducción, incompetencia que implica una severa irresponsabilidad.

Tal vez la fuerza de estos docentes para proyectarse en estas cuestiones orientadas a un cambio tan sustancial no fue la suficiente dentro del complejo escenario político y gremial. O tal vez sean claro ejemplo de haber actuado hasta la fecha tan solo como “obreros de una fábrica” concepto que de manera tan descarnada Karr y Kemmis han asignado a los educadores cuando sus actuaciones se limitan a ser simples mediadores de programas curriculares. En este caso, difícilmente por el simple hecho de ocupar otros espacios puedan poner en marcha otro tipo de pensamiento y acciones, aún en tiempos en los que el futuro de un país se desbarranca.

Sr. Presidente el dolor que recientemente ha expresado de cómo se critica la educación simplemente por ser hijos de la escuela y liceo público, es ingenua. No por ello tenemos que cerrar los ojos y taparnos los oídos. Nuestra educación pública pide a gritos un cambio de ADN como Ud. ha repetido, solo que Ud. no se da cuenta que solo puede hacerse con quienes saben y tienen la fuerza para hacerlo, y hay muchos que poseen ambas cosas, solo que no tienen respaldo político ni lo tendrán, porque sus vidas profesionales discurren por otros caminos. No están ni estarán quienes sí puedan encaminar sustantivamente un nuevo rumbo de nuestra enseñanza, porque sus designaciones provienen y provendrán de intereses políticos. Este es mi dolor Sr. Presidente, luego de haber dado casi 40 años de mi vida a la educación.

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